No quiero un entierro así. Pero aguante por ti

El último adiós.

Rígido, frío, inmóvil. Acerque mi mejilla a la suya y susurrando dije mis últimas palabras. Te quiero mucho.

48 horas antes, de mi último adiós, aparcaba en el recinto del tanatorio. Estaban todos los sitios ocupados y los coches se agolpaban en un terraplén cercano al sitio. En la puerta se apreciaban muchas personas. Todas en grupos, no muy numerosos, y a cuál peor con sus circunstancias. Yo era consciente de lo que sucedería una vez pisara las puertas de ese sitio. Por desgracia lo había vivido con anterioridad. Pero la persona es alguien muy especial para mí. Esto no implica que el golpe no duela; porque duele; duele a rabiar. La diferencia esta vez es que sé cuando se van a ir produciendo dichos golpes.

Nada más pasar la recepción, localice en unas pantallas el nombre de mi hermano y la sala donde se encontraba. Como ya había apreciado desde que deje el coche, el tanatorio estaba lleno. Cuando llegue a la puerta y volví a leer su nombre en una pantalla digital que se localizaba al lado de dicha puerta, me dio un vuelco el corazón. Notaba sensaciones en mi cuerpo difíciles de describir. Abrí la puerta. En un lado, un poco oculto, estaba el cristal. Me acerqué y allí le vi. Me separaba solo un cristal, pero ya le notaba muy lejos.


Tan joven, tan guapo. Era él, pero su expresión y su gesto no era como siempre. Le notaba raro. Daba igual, era lo de menos, era su último momento. Me senté en el sillón de enfrente. Y le observé. En ese momento no pensaba, tenía la mente en otro sitio, solo le miraba. No sé cuanto tiempo transcurrió estando en ese estado. Pasaba el tiempo tan rápido y tan lento a la vez. Lo que si recuerdo bien, eran los cigarros que inhalaba fuertemente. Notaba el humo y el frío como rasgaban mi garganta. Pero aun así me aliviaban.


Había momentos que me angustiaba estar allí dentro.

Había muchísima gente. Mucha que entraba y salía. Yo podía contar con los dedos de una mano a los que conocía. La verdad es que me sobraban todos. En la muerte de alguien, ¿es necesario hacer todo aquello? Supongo que cada uno tenemos una manera de ver y de vivir la muerte. Cuando muera no quiero esto para mí. Mi ultimo momento… Seré rara, pero de esta manera no me gusta nada.


A la mañana siguiente, con 10 cafés en el cuerpo y unas ojeras que pesaban más que mi bolso, se produjo lo que yo más temía. Eran las últimas horas que nos quedaban para estar juntos. Yo no podía llorar más y fumar más. O mis ojos o mis pulmones terminarían estallando. Pero cuando nos dijeron que teníamos que despedirnos, lo tuve claro. Si quería verle y despedirme. Tocarle y decirle adiós. Cuando llego el momento, nos pusimos en fila delante de la puerta que nos separaba de él. En tercera posición, detrás de mis padres, allí me encontraba. No sabía que iba a decir. Como iba a actuar. Sí que era la primera vez que iba a estar en presencia de un fallecido, aunque fuera mi hermano, no sé cómo tu cuerpo raciona ante esta situación.


Solo tenía frío, mucho frío, y la puerta se abrió. Vi como mi madre se abalanzaba a mi hermano y le abrazaba sin poder soltarle. Mi padre se posicionó detrás de su cabeza y se la sostuvo . Solo lloraba. Yo sin saber muy bien que hacer, me acerque. Mi cuerpo reaccionó solo. El último adiós.


Uní su cara con la mía.

En ese momento nos encontrábamos entre dos mundos. Yo en el que seguía caliente y mi corazón palpitaba y él frio e inerte. Mis palabras salieron solas, sin pensar. Unas palabras tan simples en realidad, pero verdaderas. Estaban tan adentro que cuando las pronuncie, no me di ni cuenta. Un temblor me entro desde los pies a la cabeza. Tiritaba, estaba temblando. Sentí el empujón de una mano inexistente que me empujo hacía la pared, me quede estática y lloré. Cuando se terminó el tiempo permitido y salí de esa sala, le dejé atrás, pero muy dentro de mí. Me sentí bien por muy raro que parezca. No tuve oportunidad de despedirme y hablar y contarnos lo vivido. Pero si quería que supiera lo que yo sentía. Y fue mi adiós.

mi último adiós

La misa es lo último por vivir. No me entere de las palabras del cura, ni de que iban los cánticos. Solo me daba más pena de vivir todo eso por mi hermano. Salimos de la capilla instalada en el mismo tanatorio y nos encontramos con el coche fúnebre. Sería nuestro último camino juntos. Lo hice agarrada de las manos de mis padres. No sé si ellos se iban a caer, o sería yo. Y llegamos a aquel hueco, pequeño, húmedo y oscuro. Solo de pensarlo se me pone los pelos de punta. Y después de pasar el duro momento de ver como le introducían y cerraban el maldito hueco, no puede llorar más. No tenía mas lágrimas.

Ahora cada vez que voy, veo su nombre, las palabras que la familia decidió grabar y las flores en sú lápida. Mi hermano sabía que no me gustaba ir a los cementerios. No es la forma de visitar a un ser querido. Pero es lo que él quería. Y por él principalmente voy a verlo. Hablo y le cuento . Le digo que le quiero y le extraño y siempre me despido con un beso en mi mano que luego acerco a su lápida.

Le echo mucho de menos

Pero mi conclusión final es que no me puedo lamentarme por no tenerle conmigo. No puedo cambiar eso. Lo que si se, es que he sido muy afortunada de tenerle, de vivir los momentos que he compartido con él. Y me quedo con eso. Porque él vive en mí, es parte de quien soy y de quien seré en un futuro. El vivirá por siempre en mi interior. Ese fue el último adiós. ¿ El tuyo como fue?.

Por él y para él. Te quiero mucho.

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